jueves, 22 de noviembre de 2012

¿Cazador o ave libertaria?

He notado que cuanto más alto intenta volar un ave, aparecen escondidos en la selva cazadores expertos, hombres y mujeres con escopetas y dardos de envidia y rabia y manipulación, expertos en el arte de matar pájaros que vuelan libres. 

Al ver los colores de su plumaje brillando bajo los rayos del sol, la gente desea arrancar una a una sus alas para depositarlas en su altar de trofeos, exhibirlas como muestra fehaciente de que es imposible volar por mucho tiempo, porque tarde o temprano caerás.

Por eso, hay aves que prefieren volar bajito, ser cautos, prevenidos y no demostrar felicidad, ni majestuosidad, y vestirse de negro y gris, para que esos cazadores de aves libertarias se alejen del camino. Pero allí, en ese vuelo a ras del suelo, nos volvemos seres meditabundos y cabizbajos, seres acongojados y melancólicos que algún día nos permitimos amar sin restricciones, dándole rienda suelta a nuestra capacidad de dibujar el cielo de amarillos, violetas y rojos, de dar giros y hacer piruetas en el aire, de sentir el viento a toda velocidad por nuestro rostro, sin darnos cuenta que entre más alto volábamos, la caída podía ser más estruendosa.

Y se vive entonces en una lucha constante entre esas ganas de surcar los cielos, de volar alto, alto, pero cuando vamos subiendo recordamos sus escopetas y sus dardos, recordamos las caídas y el dolor, y lloramos y bajamos rápidamente a nuestro vuelo seguro, a nuestro amar sin ganas, a nuestra jaula de calmas, sin riesgos, sin majestuosidad, sin nada.

Pienso en esas aves, y me veo allí, y veo mi vuelo bajito y veo los cazadores, y recuerdo que había decidido volar alto, arriesgarme a pesar de todo, incluso de la muerte, pero nuevamente el miedo me quita la fuerza de avanzar, y flaquean mis alas, y mi moral decrece, y siento que sucumbo ante el pavor a la caída. Y encuentro otros seres unos que me invitan a permanecer gris y otros que me llaman desde los cielos a compartir las ráfagas de viento. No estás sola- me gritan, nosotros también tenemos miedo de volar. Ven y volemos juntos.

En esas ando, decidiendo de que lado quedarme, escuchándote a lo lejos y tratando de interpretar si eres un cazador que prepara sus dardos contra mi vuelo, o un ave libertaria que me invita a soñar con alcanzar con el pico las estrellas. ¿Quién eres?    


  

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Y... ¿si dejamos de amar o nos dejan de amar? ¿Cómo podremos empezar de cero?

Rápidamente se acerca el final de este 2012, en efecto, tal como estaba pronosticado ha sido una época de cambios, de convulsiones, de cerrar etapas, de derrumbar puentes obsoletos, de remover estructuras, de cerrar puertas y clausurar edificaciones. 

Con mi ciudad en llamas, caminaba despacito sobre los escombros, a tientas, sin luz. Con miedos empecé a recorrer lugares viejos pero desconocidos, casas inhabitadas desde hace años, recónditos espacios que desconocía, porque esos puertos en donde ya durante mucho tiempo había anclado mi barco, ardieron ante la mirada incauta de propios y extraños, y ese incendio aunque poco publicitado y anunciado por las aves de rapiña que nos rodean, consumió desde adentro mis ganas de continuar. 

Allí se consumieron mis ganas, mi voluntad de confiar, vi como se iban quemando una a una las letras de la palabra amor, observaba como el verbo amar sucumbía ante la posibilidad de que alguien viniera a salvarlo, aunque ahí estaba yo, mirando desde lejos, esperando a que muriera, sin hacer nada, solo mirando... durante meses, solo mirando. Y cuando ya estaba a punto de la asfixia, en medio de la tristeza y la desolación apareció una figura conocida, unos labios ya saboreados, unas caricias que aun latían en mi piel. 

Entonces fuimos dos caminando sobre escombros, supe que a él también se le derrumbó una ciudad,  y sobre las ruinas, sin darnos cuenta, empezamos a construir, empezamos a andar las trochas de vida que nos aparecían por delante a medida que avanzábamos, superando miedos, sobreponiéndonos a las tristezas, compartiendo soledades. Y por ello, "quiero que me perdonen en este día los muertos de mi felicidad".

Y ahora, queremos poner nuestros propios cimientos, los primeros, esos que dicen son los más difíciles de colocar, y recordamos entonces las desconfianzas, los amores fallidos, las lágrimas derramadas, y en acción-reacción emergen las barreras y las murallas, aparecen terceros y cuartos y quintos, y fantasmas, y el orgullo y los egos pueden más que las palabras de amor, y aquí, ahora, me pregunto... ¿Cómo comenzar de cero? 

Y lo confieso, y venzo mis miedos, y derramo mis lágrimas, y lo grito a los cuatro vientos: yo quiero construir una casa, nuestra casa. 

Llena de libros y canciones. Una que se adorne en navidad con nuestros sueños, con nuestros anhelos, que grite gol y libertad, y venceremos, una que de cuenta de mis actos, de los tuyos, de mi vida de la tuya, donde seamos cada uno, diferentes pero compartiendo, una casa en donde jueguen las sonrisas y las cosquillas, una que a pesar de los escombros, que a pesar de los temores tenga los cimientos fuertes, una casa en donde la palabra y los actos no se contradigan, en donde la dignidad y el respeto inunden cada rincón. 

Un lugar en donde seamos hombre y mujer nueva, revolucionarios incansables, luchadores aguerridos, alfajores de almendra y Giocondas , una casa en donde podamos, como el ave fénix,  resurgir de las cenizas.  

Y si no podemos comenzar de cero, y construir sobre los escombros, y amar de nuevo, y gritar a los cuatro vientos que queremos una casa, entonces deja este puerto, abandona este barco, parte ahora que solo quedarán uno que otro ladrillo para los cimientos y no una ciudad entera que derrumbar.